lunes, 15 de junio de 2015

El Cuento: encuentro entre la belleza y lo fatídico a través del lenguaje

Si alguna vez me he sentido estar frente a un reto, es en este momento, cuando me dispongo a escribir un comentario acerca de lo que para mí es el cuento, pues nunca me había encontrado con un género tan contradictorio y difuso en su concepto (si es posible que tenga uno verdaderamente).

La experiencia de leer un cuento es, o debería ser, como estar atado en un riel, con la intensidad de saber que tarde o temprano el tren nos impactará y la expectativa de no saber cuándo, pero sabiendo que lo hará en la brevedad y la precisión de una locomotora que va a toda velocidad, firme en su paso. Y no nos queda más que aceptar el golpe, la impresión.

Es difícil, pero enriquecedor a su vez, hablar del cuento. Cada vez que uno cree tener una idea certera de lo que es, leeremos un nuevo cuento que diverja de eso. El cuento es un género que parece nutrirse sin parar, no se estanca en un concepto predispuesto ni se enmarca en reglas invariables.

Por eso en este comentario no busco responder qué es un cuento, sino qué hace a un cuento ser un cuento. 
Desde mi perspectiva, es más esclarecedor acercarse a cierto concepto de cuento comparando dos que a simple vista parecen ser absolutamente distintos, pero que en sus entrañas son muy similares.

He elegido los siguientes dos cuentos por numerosas razones. El primero es La Luz es como el Agua, de Gabriel García Márquez. El segundo, El Hijo, de Horacio Quiroga. Fueron escritos en 1978 y en 1928, respectivamente, con cincuenta años exactos de diferencia entre sí. Escritos por mentes creadoras absolutamente disimiles, en contextos completamente desiguales. El estilo y la temática de ambos cuentos no podrían ser menos parecidos. Pero encontré en ambos elementos que me conmovieron absolutamente.

Hasta ahora, estos dos cuentistas han sido quienes me han fascinado más, por lo que no podía hacer otra cosa que hablar de los dos, y por tanto que me han gustado, encontrar lo que los diferencia como cuentistas, y lo que los asemeja para yo preferirlos. 



LA LUZ ES COMO EL AGUA
Gabriel García Márquez

Si hay un comienzo que amo, es el de Cien Años de Soledad, que fue mi primer acercamiento a García Márquez. Cuando comencé a leer sus cuentos, me di cuenta de que muchos de sus comienzos causaban el mismo efecto que el de su famosa novela: una inmersión inmediata al contexto de la historia.

“En Navidad, los niños volvieron a pedir un bote de remos.”

Esa es la primera oración del cuento, a la que no le sigue ni siquiera un punto y seguido, sino un punto y aparte: no da cabida a la vacilación, el lector ya es parte de la historia y no hay vuelta atrás.

Existe un equilibrio en la narración del cuento, pues los hechos que lo conforman se van presentando con una agilidad palpable, pero no por ello se vuelve apresurado ni deja de resaltar cada uno de los detalles relevantes.

“Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego.”

En tan solo un corto párrafo García Márquez nos cuenta acerca de la promesa que tiempo atrás los le hicieron los padres a sus hijos, el que los niños cumplieron su parte del trato, y que finalmente el padre compró el bote. Mucho tiempo pasó en esas cuantas líneas, una acción es seguida por otra acción, no se regodea en un solo suceso, pero se toma las palabras para dejarlo todo bien claro. Allí se encuentra la brevedad.

Un aspecto interesante de este cuento es el momento en que se encuentran las dos historias que hay en él, la oculta y la revelada. Cuando en los cuentos esta convergencia se produce al final, en La Luz es Como el Agua sucede casi al principio. En el momento en que los niños parten la bombilla, igual que surge la luz, surge la segunda historia, y de ahí en adelante estas dos historias se muestran paralelamente: es ahí donde habita la intensidad, pues a pesar de que los niños no le dicen la verdad a sus padres, el lector sí la conoce y la teme.

Es curioso al mismo tiempo que yo misma tan solo resalte el que se muestren historia oculta en el momento en que surge de la bombilla luz que es como el agua, y no el tono fantástico de ese hecho. Tal como afirma Julio Ramón Ribeyro en su Decálogo para Cuentistas: “la historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real.” Y tal cual, el lector acepta lo mágico como parte indiscutible de la realidad del cuento.

 “-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.”

“-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.”

Hay intensidad en el sentir de los padres, pues uno lee esas líneas y nos sentimos cómplices de los niños sin querer serlo, hace que el lector quiera gritarles a los padres la verdad.

La idea de que la luz es como el agua me parece absolutamente bella y fantástica, y me parece maravilloso la precisión con que García Márquez transmite esa hermosura en tan solo unas cuantas líneas. La describe como una luz fresca y dorada. No hacen falta más adjetivos, pues estos encierran otros más. Adjetiva la luz al decir que era dorada, con lo que nos da la imagen visual, inmediatamente estamos ante la presencia de una luz brillante como el oro, potente y abarcadora, sumamente luminosa. Y nos da una imagen táctil al definirla fresca como el agua: nos da una sensación de ligereza, de etereidad en la navegación que realizan los niños, así como de etereidad en la lectura. Este cuento nos eleva igual que eleva la luz el bote que manejan los niños, ellos con su sextante y su brújula, y nosotros, lectores, con García Márquez llevándonos a través de sus palabras. 


EL HIJO
Horacio Quiroga

En El Hijo existe una intrínseca relación entre el personaje del Padre con la historia, él nos va llevando de la mano a través de ella, abriendo su mente al lector. El sentido y el estilo del cuento se muestra perfectamente en su locura y en sus pensamientos, y viceversa: en el modo de Quiroga de exaltar la naturaleza y el ambiente que rodea a los personajes, nos muestra cómo se siente estar en el cuerpo del Padre, que es un remolino de preocupaciones, imaginaciones y dudas.

Pienso que el primer párrafo, incluso tan solo la primera línea, resume la completamente las sensaciones que envuelven toda la historia. Ya desde el primer momento se nos muestra a la naturaleza un personaje más, algo vivo y pensante, algo demasiado grande contra lo que el hombre no puede luchar.

“Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.”

Y lo curioso de ese potente comienzo es que el lector siente ese mismo aire de sofocante desolación durante el resto del cuento, sin que Quiroga tenga que volver a hacer una descripción de esa naturaleza. Tres líneas, y el contexto ya es completamente claro. “Un cuento es una novela depurada de ripios“, dice Quiroga en su propio Decálogo del Perfecto Cuentista, y es precisamente eso lo que sucede en El Hijo: a fin de ser breve, Quiroga busca causar una impresión acertada en el lector de modo que no tenga necesidad de extenderse y regodearse en una misma idea.

Hubo unas líneas que me estremecieron lo más profundo del alma, que me conmovieron enteramente, que fueron sin duda mis favoritas de todo el cuento. Son estas:

“Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.”

Qué perfecta muestra de precisión somos afortunados de atestiguar. No hay nada más que decir luego de eso, y de hecho Quiroga no lo hace, no intenta complementar esa idea porque no hace falta, simplemente salta a otra acción, dejándonos con el corazón vacío y el entrecejo fruncido de compasión. Desde la primera vez que lo leí, sigo anonadada ante la maestría con la que Quiroga maneja el lenguaje.

Quiroga juega con las sensaciones que puede causarle el lector. Si anteriormente dije que leer un cuento era como esperar el impacto implacable de un tren, este cuento es más bien como una montaña rusa. Cuando el Padre decide salir a buscar a su Hijo y comienza a llamarlo sin obtener una respuesta, nos encontramos en un momento completamente intenso en el que esperamos encontrar al Hijo muerto. Llegados a este punto, se siente un nudo en la garganta y un no poder respirar, y justo cuando estamos a punto de soltar la primera lágrima de dolor por el Padre, este encuentra a su pequeño, entonces soltamos un suspiro de alivio en lugar de aquella lágrima ahora olvidada. Pero, ya calmados, nos damos cuenta de que nada ha terminamos. Leemos los últimos párrafos, y finalmente conocemos el fatídico final.

Tal como aconseja Quiroga: “No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.” Y es eso precisamente lo que él hace con su propio cuento. No se desborda en el camino, sino que anda con mesura. Nos subimos con él al tren de la montaña rusa, subiendo lentamente hasta la parte más alta, y finalmente llegamos. Y creemos que todo está bien, hasta que abruptamente nos lanza al vacio. 




Por qué encuentro, por qué entre la belleza y lo fatídico y por qué a través del lenguaje

Las diferencias entre ambos cuentos son claras. No hay punto de comparación entre el estilo de Gabriel García Márquez y el de Horacio Quiroga. Al primero lo sentí como a la espera de un tren, y al segundo lo sentí como manejar ese tren en un carril desigual. Pero ¿qué hace que los considere a ambos majestuosos ejemplos de su género? La convergencia entre lo poético y lo horrible, el encuentro entre la belleza y lo fatídico.

La Luz es Como el Agua no nos cuenta otra cosa que la muerte de un gran grupo de niños que decidieron hacer travesuras. No existe moraleja alguna tan siquiera, algo que justifique esa muerte. Y sin embargo, hay algo sublime en la forma en que mueren: ahogados en la luz. Y no significa otra cosa, no es una alegoría, no es una metáfora, sino que literalmente se ahogaron en la luz, una luz dorada y fresca. Incluso es hilarante, el que García Márquez nos haga presenciar una muerte en masa, y aún así nos maraville.

Por otro lado, El Hijo toca la muerte desde la locura y la demencia. Nosotros leemos el cuento sin saber que el Hijo está muerto desde el comienzo, desde el momento en que se va. Pero es que nosotros vamos junto al Padre, creyendo, como él, que su hijo está vivo. Qué trágico es el que su Padre lo busque y crea haberlo encontrado, pero que hermoso es ese amor desmesurado hacía su hijo, que lo hace sentir su presencia acompañándolo, cuando en realidad vuelve solo.

Un buen cuento está en el nexo que une esos dos polos: el lenguaje, y un uso maestro de él a fin de transmitir una idea imposible con brevedad, precisión e intensidad.

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